Del deterioro a la preservación: cómo se recuperan las piezas del patrimonio nacional

Cada obra que ingresa al taller del Centro de Conservación, Restauración e Investigación (CCREI) trae consigo una historia, pero también un desafío. Fotografías de gran formato afectadas por la humedad, armaduras centenarias de múltiples materiales, sillones históricos debilitados por el uso inadecuado o vitrales desmontados pieza por pieza son parte de un trabajo que combina ciencia, técnica y conocimiento histórico. Restaurar no es solo reparar: es investigar, estabilizar y devolver legibilidad sin alterar la autenticidad de los bienes culturales que integran el patrimonio nacional.

Desde su sede en el anexo de la ex Biblioteca Nacional, el equipo del CCREI —dependiente de la Subsecretaría de Patrimonio Cultural de la Secretaría de Cultura de la Nación— articula intervenciones complejas con una política sostenida de acompañamiento a los museos. Cada tratamiento responde a principios como la reversibilidad, la estabilidad de los materiales y la identificación clara de lo intervenido, evitando falsos históricos y garantizando la trazabilidad de los procesos.

En paralelo a las restauraciones, el Centro elabora guías técnicas sobre control de plagas, vegetación invasiva y uso sostenible de materiales, que funcionan como herramientas concretas para planificar la conservación preventiva en museos nacional de todo el país. Así, cada obra recuperada se convierte también en una instancia de aprendizaje compartido y en un paso más hacia la preservación de la memoria colectiva.

Dos ejes de trabajo: restaurar y acompañar

La dinámica del CCREI se organiza en dos grandes líneas de acción. Por un lado, la restauración de bienes culturales muebles e inmuebles pertenecientes a los museos que integran la red nacional. Las obras pueden ser enviadas al taller o, en muchos casos, es el propio equipo el que se traslada a la institución que lo requiere, adaptando su metodología a cada contexto.

Puede ocurrir que, simultáneamente, parte del equipo permanezca en el taller y otros integrantes se desplacen para proyectos dentro de la Ciudad de Buenos Aires, como suele ocurrir con el Palacio Libertad – Centro Cultural Domingo F. Sarmiento o el Complejo Histórico Cultural Manzana de las Luces, así como los más alejados como el Palacio San José de Entre Ríos o el Museo Terry de Jujuy.

Por otra parte, el Centro elabora guías técnicas y materiales de referencia que funcionan como herramientas de planificación para los equipos de los museos.

Estas publicaciones abordan problemáticas concretas como el control de plagas, la vegetación invasiva en edificios patrimoniales, el embalaje sostenible y el uso responsable de materiales de conservación. Lejos de proponer normas rígidas, los documentos ofrecen recomendaciones basadas en la experiencia del equipo y en el intercambio con profesionales de distintas regiones del país.

Una de las guías recientes se centra en el tratamiento de vegetación invasiva en edificios de valor patrimonial, con el objetivo de prevenir el biodeterioro y planificar intervenciones respetuosas de la integridad material e histórica. Otra publicación, desarrollada con una mirada sostenible, reflexiona sobre la selección, reutilización y gestión de insumos en talleres y espacios culturales, promoviendo criterios de uso responsable.

Saberes que dialogan: un equipo interdisciplinario

Uno de los rasgos distintivos del CCREI es su perfil interdisciplinario. El equipo está integrado por 10 profesionales con formación en conservación y restauración de pintura, papel, madera, textiles, metales, arqueología y patrimonio edilicio, además de historiadores del arte, historiadores, arquitectos, fotógrafos y especialistas en bioquímica.

Lejos de trabajar de manera fragmentada, las especialidades dialogan de forma permanente. Todos comparten una base común en conservación preventiva y restauración general, y luego profundizan en materiales específicos. La interconsulta es una práctica habitual: antes de intervenir una pieza, se realiza un exhaustivo estudio histórico y técnico que permite comprender su contexto de producción, sus transformaciones y las intervenciones previas.

El sector de fotografía cumple un rol clave. Allí se registran las obras antes, durante y después de cada tratamiento, utilizando tecnologías como iluminación infrarroja y ultravioleta para detectar repintes, barnices oxidados o limpiezas selectivas invisibles al ojo humano. La documentación no es solo memoria del proceso: es una herramienta de análisis que orienta cada decisión.

Restaurar con criterios claros

Las causas que llevan una obra al taller son múltiples: envejecimiento natural, daños ambientales, ataques biológicos o malas intervenciones anteriores. Estas últimas, muchas veces irreversibles, representan uno de los mayores desafíos.

Cada restauración se rige por principios fundamentales: reversibilidad por el que todo lo agregado debe poder retirarse, estabilidad de los materiales y legibilidad que evite el llamado falso histórico. No se trata de devolver una apariencia idealizada, sino de garantizar la integridad estructural y la correcta lectura estética de la pieza.

Casos emblemáticos y trabajos recientes

Entre las intervenciones más significativas se encuentra el retrato fotográfico en tamaño natural de Bartolomé Mitre realizado por Alexander Witcomb, perteneciente a la colección del Museo Mitre. La obra, de dos metros de alto por uno de ancho, presentaba deformaciones estructurales y una importante contaminación por hongos debido a la exposición a humedad.

El equipo realizó un estudio integral del estado de conservación, estabilizó el ataque biológico y fijó los retoques originales para poder trabajar sobre el reverso sin riesgo de pérdida de material. Se repararon roturas y se restituyó el sistema de tensión del soporte, devolviendo estabilidad a una pieza de gran complejidad técnica y peso considerable.

Otro caso destacado fue la restauración de una armadura samurái de 12 piezas perteneciente al Museo Nacional de Arte Oriental. Su múltiple materialidad -metal, cuero, seda y papel- implicó desafíos específicos. El trabajo incluyó documentación, limpiezas diferenciadas según material, consolidación de textiles y diseño de un maniquí articulado que amortigua tensiones durante la exhibición, respetando el modo tradicional de uso.

En el campo arqueológico, el equipo trabajó con más de 3.000 piezas provenientes de excavaciones en el Palacio San José. Una de las más complejas fue una mandíbula fragmentada que fue consolidada con puentes de papel japonés, un material liviano, reversible e identificable que permite estabilizar sin comprometer futuras investigaciones.

También se restauraron sillones históricos del ex Instituto Browniano, con intervenciones sobre estructura de madera, tachas y tapizados deteriorados; luminarias centenarias de la Sala Borges de la ex Biblioteca Nacional, desmontadas y tratadas una por una; y un vitral de 140 piezas y 50 metros cuadrados cuya guarda incluyó mapeo digital y documentación exhaustiva.

Más recientemente, el equipo participó en la preparación de la muestra Antonio Pujia: La escultura en clave poética, inaugurada en el Palacio Libertad. Las tareas incluyeron limpiezas mecánicas en seco y húmedas controladas, retiro de materiales nocivos y acondicionamiento de superficies, garantizando condiciones óptimas para la exhibición.

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